Como todas las mañanas Clive vino a repasar el guión del programa de la noche con una sonrisa de oreja a oreja, con el ánimo por las nubes, palmeando mi espalda con colegueo y de buen rollo. ¡Estaba harto!… de él, de revisar guiones, del programa, de presentar, de la televisión, de todo. Sentado en la silla repantigado observaba a mi mejor amigo moverse cómicamente por el despacho. A él le divertía su trabajo, era guionista y deslumbraba con su potencial creativo en cada programa. Clive nunca se esperó estar en plantilla en una productora de televisión, de hecho los primeros instantes después de lanzarle la noticia de que nos querían en la BriTV fueron de conmoción, él estaba acostumbrado a escribir gilipolleces que yo decía con gracia por YouTube, no a crear monólogos extensos y guiones televisivos, pero se puso las pilas y allí estaba con confianza en su talento demostrándome el buen sketch que me había reservado para la noche. Siendo franco yo tampoco esperaba que nuestro carismático tándem saliera de las páginas de vídeos y de las incursiones por los cafés-teatro para expandirse nacionalmente por la televisión, pero allí estábamos, trabajando juntos, luchando por algo grande, cobrando bien y disfrutando de una pequeña fama.
Miraba el casi metro noventa de carne achocolatada moverse por el despacho y sentía ganas de marcharme de allí corriendo. La adrenalina me borboteaba en la sangre obligándome a retorcerme en la silla para no saltar encima de él y suplicarle que parara. Necesitaba desconectar. No podía aguantar más de cinco segundos más sentado. Ansiaba escaparme y buscar en un abrazo la pacífica sensación de…
—Y entonces es cuando alzas la mano y gritas: “Comenzamos” —el chillido de Clive me sacó de la nube—. ¿Qué te parece?
—Aburrido —apunté desganado.
—¡Venga ya! —me asió de los hombros y me zarandeó—. ¿En serio?
—Sí tío, me aburre —sinceré mientras me levantaba de la silla y daba permiso a mi sangre a que fluyera.
—¿Cómo que te aburre? —me preguntó divertido con su siempre chistosa sonrisa.
Recogí la chaqueta, la cartera y las llaves del coche y salí del despacho.
—¡Robbie! —me llamó Clive a mis espaldas.
No le hice caso, seguí caminando hasta que huí de las oficinas de la BriTV. No había descansado durante las Navidades y tanto ajetreo mientras otros disfrutaban de sus vacaciones superaba mi barrera de la serenidad. Nunca me había agobiado por trabajar, de hecho estaba acostumbrado al estrés, a llevar mil proyectos a la vez, a llamar a decenas de personas al día… pero un nuevo quebradero de cabeza desbarajustaba mi organización mental. El ordenado esquema, cuadriculado y revisado al milímetro ahora tenía una anotación en el centro de color rojo fosforito que decía: “Carol está por ti”.
Desde que me enamorara de Emma Carter en el instituto y me obsesionara con Michelle Pearson en la universidad no había sentido tanto por una mujer. La sequía sentimental de casi una década le tenía excesivamente preocupada a mi madre, quien me intentaba convencer de que atravesaba una crisis de identidad sexual. Lo que ella no sabía era que mis gustos siempre habían estado claros, lo que pasa que prefería que me tachara de gay antes que de cobarde a la hora de declararme a una mujer, porque si Joanna Hart se enteraba de que a su “atractivo” hijo le daban miedo las mujeres iba darle pie a crear la película que la elevaría hasta lo alto de la crítica cinematográfica y la colmaría de premios internacionales.
El videoblog, las actuaciones como monologuista, cómico y/o payaso y la posterior oportunidad en la televisión había abierto la veda. La facilidad con la que las mujeres se acercaban a uno era impresionante, pero el problema llegaba cuando me interesaba por una mujer que sentía total indiferencia hacia mí. Cada semana le pedía consejo a mi padre, obviamente porque a mi madre no podía (ya sabéis porqué). Mi progenitor había hecho todo lo posible por ayudarme y toda su sapiencia para con las mujeres estaba en mi poder. Las charlas con mi padre y mi carrera artística me habían inferido cierta confianza en mí mismo que antes no poseía y eso era a lo que me había aferrado aquel día que me lancé de manera increíble e insensata a confesar la pasión que le profesaba a Carol.
Ella no sabía que la llevaba persiguiendo “literariamente” desde hacía años, no había dejado de leer sus artículos desde que ojeara su primera columna como becaria en The Planet. ¡Y la de minutos que había perdido observando su foto colgada en los pasillos de la revista! Enfermizo, lo sé.
El día que por poco la atropello sentí que Dios me estaba castigando por ser tan sumamente patético. Él bien sabía cuáles eran mis intenciones con Carol y me advirtió que en cualquier momento podía llegar el desastre. Intenté enmendar mi error y pedirle disculpas, pero como era de suponer Carol estaba realmente afectada por mis dos “intentos” de asesinato y no estuvo muy receptiva que digamos. Conocía por diferentes fuentes que ella era enrollada, que le gustaba jugar, montar escenitas, así que imbécil de mí desempeñé el papel de tío engreído que tanto odiaba en mis shows e intenté impresionarla. Lo hice pese a que peligró mi integridad física. El numerito fue divertido, pero para ella fue como un acertijo sinsentido, primero me odió, luego se frustró y por último encontró la solución.
Todo aquello era pasado, ella se había divorciado, yo había jugado mis cartas, le había pedido salir antes de Navidad y tras su vuelta de vacaciones había aceptado intentarlo conmigo. ¡Wow! ¡Apasionante! Todavía recordaba la entrada triunfal de Carol en el Colbro aquel día. Su preciosa melena ondeando… ¡espera! ¿qué diantres le había hecho a su pelo? Bueno, tampoco es que importara mucho, lucía igual de preciosa. Ella aireó su nuevo corte de pelo al ritmo que marcaba su cabeza. Parecía buscar a alguien. Detuvo su búsqueda cuando me halló. ¡Vaya! ¿Era yo a quién necesitaba? Sin apartar su mirada de mi persona caminó sin divisar a nadie más. Digo esto porque pasó por al lado de Matt sin pestañear. Cruzó la pista sin desviarse un centímetro de la línea recta que nos unía. No le tembló el pulso a la hora de agarrar mi cara con sus manos. No vaciló en tirar de mí para que me agachara ligeramente. Y por supuesto no dudó en besarme delante de su exfamilia y amigos.
Desde entonces tenía la cabeza en todos lados menos en el que tocaba. Acostarme con Carol había sido el evento de la última década, o debería decir eventos (guiño, guiño). Ella no lo sabe, todavía, pero llevaba una racha de 10 negaciones a 10 pivones para echar 10 polvos. ¡Pringado! ¡Lo sé! Pero bueno, para que contaros mis infortunios amorosos.
Tras aparcar en una calle adyacente al Colbro entré en el pub con una sonrisa en la cara, todo lo que tenía que ver o me recordara a Carol era una inyección de morfina. En el local un hilo musical con canciones del grupo ambientaba la poco fluida cafetería. Escucharla de fondo hizo aumentar la concavidad de mi sonrisa. En la barra Gary limpiaba la superficie con un trapo y conversaba con un cliente, por el contrario su esposa Andrea atendía a un par de chicas en una mesa. Con seguridad me acerqué a la barra y solicité la atención de Gary.
—¿Qué tal hermano? —apoyé el codo en la barra dejando mi brazo listo para un pulso pero con el puño cerrado.
—¿Cómo va, tío? —Gary chocó nuestros nudillos.
—Vengo a sorprenderla —desvié la cabeza hacia la calle, por donde llegaría la dama de mis sueños—, sale en una hora, pero eso tú ya lo sabes.
Gary se metió un brazo por debajo de la camiseta y se golpeó el pecho rítmicamente con la mano mientras simulaba los latidos del corazón, “Bum, bum… bum, bum”, gesticuló y susurró mientras me obligaba a sonrojarme. Mientras él se burlaba de mi incipiente enamoramiento Andrea me besó en la mejilla tachándome de “Don Juan, ¿tú por aquí tan pronto?”. Por una parte me alegraba de que el matrimonio llevara bien el tema de que saliera con Carol, porque no creo que a Andrea le hiciera gracia que su excuñada comenzara a salir con otro tío tras divorciarse recientemente de su querido hermano, aunque intuía que el círculo cercano a la pareja llevaba asistiendo durante mucho tiempo a la defunción del matrimonio Cole (aun así tocar el tema entre ellos me producía dentera).
—¿Te pongo lo mismo de siempre? —Gary me señaló con complicidad.
—Sabes lo que me gusta tío —dije con ironía—. Por cierto, ¿puedes tener un par de capos listos para cuando venga ella? —me refería a dos cappuccinos—. Y… no sé, ¿podrías hacer que Carol los trajera a la mesa? —el camarero me miró con resquemor, pero aceptó guiñando un ojo—. Me sentaré en la esquina dramática —le indiqué.
El matrimonio Brown había adjudicado motes a las zonas de su local para hablar en clave sobre los clientes. Yo era un asiduo del Colbro, y muy observador además, así que no me había sido muy arduo captar las indirectas entre la pareja y descifrar el código. Gary me hizo un gesto con la mano confirmando que había entendido el plan, de modo que me dirigí a mi habitual mesa y desplegué el armamento. Saqué el móvil del bolsillo y abrí las amplias hojas del periódico. Antes de que pudiera terminar de leer el primer artículo Andrea me sirvió la pinta de cerveza y un cuenco de panchitos. El vicio daba comienzo… ¡ya! Sorbí sediento una tercera parte del vaso, suspiré complacido y picoteé un par de veces del plato. Acababa de recobrar las fuerzas que me habían faltado durante toda la mañana.
Así el teléfono móvil y llamé a mi padre. Hacía casi un mes desde la última llamada. Sí, una breve conversación para felicitar el nuevo año y fin. Eso había sido todo. Estaba mosqueado con él, le había hecho un feo a mi madre y no interesaba tener malhumorada a Joanna Hart. No sé cómo encontré en aquel momento el punto emocional idóneo para llamarle, pero lo hice.
—¡Bobbie! —contestó con alegría—. ¿Cómo estás hijo?
—Cabreado —era imprescindible que denotara mi grado de desaprobación—. No viniste a la cena de Navidad, mamá está molesta por ello.
—No pude y lo sabes.
Lo que sabía es que a partir de ese instante comenzaría a soltar la ristra de excusas que siempre argumentaba, que por un lado tenía toda la razón, pero que por otro me fastidiaba.
—Las cosas por aquí andan feas. No podía arriesgarme, no ahora. No te gustaría que te arrastrara conmigo, ¿verdad? —él forzaba y negué con una murmuración—. Hay que aguantar un poco más hijo, la discreción es necesaria. ¿Estás conmigo?
—Estoy contigo —susurré.
—Ven a verme. No temas subir.
—Prefiero no hacerlo —sinceré.
—¿Me tienes miedo? Bobbie —apuntó sonriendo—, no hace falta que me lo cuentes, trabajo en una revista con sección del corazón, por aquí circulan todos los rumores.
—No quiero levantar sospechas y Carol es muy lista cuando se pone en plan detective.
—No me importa que Carol lo sepa, sé que sabría guardar el secreto, lo que me importa es que mi hijo no quiera venir a verme. Por favor Bobbie.
La voz suplicante de mi padre me enterneció el corazón. Era difícil negarse a algo después de escuchar como un hombre del calibre de mi padre se bajaba tanto los pantalones. “De acuerdo”, le dije, “subiré a hacerte una visita mañana”.
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Cuando Carol entró en el Colbro me sumí tras el periódico en un acto de cobardía. Desde mi posición casi no podía escuchar lo que conversaba con sus excuñados, la cafetería acogía a más comensales y la mezcla de coloquios ensuciaba las ondas acústicas que salían de la boca de mi amada. Esperé pacientemente a que ella fuera dirigida por Gary hasta mí. Y así fue. Desde la lejanía pude percibir como su característico taconeo se iba acercando a mi esquina dramática con lentitud.
—¿Ha pedido un par de cappuccinos señor? —cuestionó plantada frente a mí sosteniendo en sendas manos los cafés.
—Así es hermosa camarera —asentí gentilmente mientras hacía descender de manera misteriosa el periódico.
—Guárdese los elogios e incremente la donación para el local —añadió coqueta dentro de su formalidad.
Me alcé de la silla y le arrebaté servicial los cappuccinos. Dejé los cafés sobre la mesa y la invité a sentarse junto a mí. Ella aceptó mi galantería y tomó asiento. Rodeé su silla para colocarme tras de ella, adoraba atacarla por la retaguardia. Me incliné sobre su cuello y le susurré cerca de la oreja: “Eres perfecta”. Carol se volvió hacía mí tras recorrerle un escalofrío provocado por mi piropo o por mi aliento, pero eso es menos romántico. Me encantaba colmarla de halagos y ella estaba falta de muestras afectivas. Si Matt no había sido capaz de entregarle todo el calor que tan bella mujer necesitaba, yo iba a ser capaz de atiborrarla hasta rebosar de ardiente y cálido arropo.
—No mientas —añadió tras besarme levemente en los labios—, ya sabes que no soy perfecta.
—Pero… —pedí que continuara mientras recuperaba mi sitio en la silla.
—Pero mis defectos son encantadores.
Sonreímos embobados. Era muy feliz. Y creo que podría asegurar que ella también lo era. Al menos no había escapado de mis garras para volver con Matt. Tampoco se había dejado cautivar por el sexappeal jubiloso con el que Jay la intentaba atrapar de nuevo (a ese tío algún día le calentaría los morros). Del mismo modo que parecía haber enfriado los tiras y aflojas con el pervertido de John Brewer. Así que de momento todo iba sobre ruedas.
—Se me ha ocurrido una frase para Los Harper —apuntó con una sonrisa picarona en el rostro.
Los Harper era una mini-serie que habíamos comenzado en mi canal de YouTube recientemente. Clive fue de los primeros que se enteró de que Carol había accedido (todavía no sabemos cómo) a acostarse conmigo e iniciar una relación y aquella bomba informativa supuso para las neuronas de mi amigo una revolución de creatividad. Según él éramos un caramelito, estábamos hechos el uno para el otro, teníamos química en pantalla y no podíamos desperdiciar esa oportunidad para relanzar el canal (si conseguíamos audiencia para la televisión, porque no trasladarla a Internet). La verdad es que desde que iniciara el programa en la televisión los contenidos de nuestro videoblog habían caído en picado, porque no teníamos tiempo y porque sobre todo no teníamos ganas de emplear tiempo en él. Las Navidades habían traído consigo la ruptura, después de dos años intensos de idas y venidas, rupturas y reconciliaciones, de la relación que Clive mantenía con su hasta entonces novia y esto llevaba al hecho de que mi amigo derivaba todo pensamiento relacionado con la chica hasta el campo creativo y lo usaba para crear guiones. Pues bien, uno de los días en los que Clive nos vio juntos (a mí y a Carol) le vino una lluvia de tormentos y desazones que lo recluyeron en casa un par de días. 48 horas después tenía en mi correo electrónico cinco capítulos de una mini-serie para nuestro canal de YouTube llamada Los Harper (una fusión de Hart+Pérez, nuestros apellidos). Ya habíamos colgado un par de ellos, uno por semana y la verdad es que estaba funcionando muy bien.
—A ver… —animé a Carol a que me contara su genial idea.
—Cariño, dile a todas esas perras, zorras y lagartas que no eres veterinario.
Reímos a carcajada limpia y atrajimos la mirada de varias personas del local. Éramos unos escandalosos, pero esa era nuestra magia. No podíamos decir que nos aburriéramos, cuando las sonrisas comenzaban a decaer en nuestras conversaciones uno de los dos adoptaba el rol de payaso y recuperaba el ánimo del otro. Lo que os diga… éramos felices.
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Tres semanas más tarde desperté en el apartamento de Carol siendo el hombre más feliz del mundo. Después de 33 años conseguía por fin convivir con una mujer. ¡Qué triste! Revolví mi pelo con energía sin creer todavía lo que ya era una realidad. Me había costado lo suyo, pero lo había logrado. En los pies de la cama tumbado sobre el edredón Kiki me miraba con la cabeza ladeada y la lengua fuera. ¿Aprobación o repulsión? Silbando lo llamé para saber qué pensaba de mí, si confiaba o me odiaba a muerte. Ante la primera llamada levantó el culo y tras pensárselo mejor volvió a reposar su trasero sobre sus patas y me miró retándome a llamarle de nuevo. Ganarme el corazón de aquel bicho iba a ser más complicado. Con delicadeza me reincorporé en la cama para acercarme a él. Kiki seguía inmóvil, con sus grandes y oscuros ojos saltones clavados en mí, con la cabeza ladeada, esta vez hacia el lado contrario y la lengua fuera (como no). Le robaba centímetros a su espacio vital confirmando que le caía bien, que tan sólo nos faltaba comunicación. A un palmo escaso de rozar su piel, el perro tensó su cuerpo y gruño, sin moverse, amenazante, advirtiéndome que a partir de ahí nada. Un silbido proveniente de la cocina atrajo la atención de Kiki, quien riéndose en mi cara recobró su adorable postura y correteó hasta su ama. ¡Maldito chucho!
Era sábado, ambos librábamos y habíamos convenido pasar el fin de semana en su casa, acurrucados, amorosos, apasionados… Nada, ni nadie podría molestarnos. Habíamos acordado desconectar los móviles, no consultar las redes sociales y el correo electrónico hasta el domingo por la tarde.
Anduve hasta la cocina en calzoncillos, la aclimatación del piso lo permitía. Carol mantenía una batalla con la sartén, hacía tortitas (se le daba fatal la cocina). Con su pijama de dos piezas (nada sexy) daba saltitos a un lado y a otro del mango de la sartén sin saber por qué lado atacar a la tortita. Para ella era un trauma darles la vuelta. ¡Era tan graciosa! Sin hacer ruido me acerqué a ella y la abracé por detrás justo en el momento en que agarraba una de las tortitas con los dedos a modo de pinzas. La tortita salió volando y cayó al suelo a dos metros de nosotros. Kiki agradeció el gesto de Carol comiéndose de golpe toda la perfecta y semi-cruda tortita.
—Odio que me des sustos —me regañó dándome un manotazo en el brazo—. Odio que me ataques por la retaguardia —dijo mientras se retorcía entre mis brazos y conseguía darse la vuelta—. Y odio que seas tan condenadamente táctil.
Nos besamos.
—Voy a darme una ducha mientras continúas tu periplo con las tortitas.
—¿Con qué las sueles acompañar? —me preguntó mientras me besaba como los gnomos.
—¡Sorpréndeme!
Carol frunció el ceño pensativa, no era creativa en la cocina y le suponía un suplicio preparar comidas. Apiadándome de su alma le hice un grato favor comentando:
—Las suelo acompañar hasta el plato… de la ducha —añadí tosiendo— y me las como al natural, sin aditivos, a bocaditos.
Al terminar me morí de vergüenza. Nunca me había visto en aquel papel y me sorprendía a mí mismo lo atrevido que podía llegar a ser. Sobre todo cuando sin saberlo todavía me superaba más aún.
—¡Ven tortita! —dije mientras sisaba una del plato—, ¡escapémonos juntos!
—Mmm —murmuró eróticamente Carol—, escapada culinaria. ¡Me apunto!
Y corrimos con la tortita hasta el plato de ducha donde me la comí a bocaditos al natural, sin aditivos. ¿A Carol o a la tortita? La suerte en mi vida sexual había cambiado, así que sacad conclusiones vosotros mismos.
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AGRADECIMIENTOS
A Álvaro Díez por la escapada culinaria.
¡Me ha gustado mucho! Carol… ¡Tremenda mujer! Por cierto el momento ese de las Tortitas estuvo francamente bien ¿Eh? Me lo estaba imaginando tal cual pero luego tuve que parar, por mi bien emocional.
¡Saludos!
Pues sí que tenías razón, sí. Me cae genial el chico xD
De hecho es el chico de tu novela que me cae mejor. Me encanta el toque que le has dado al personaje, si señor. Genial capítulo como siempre, felicidades. ^^
PD: ¡Me moría de ganas de que pasara esto!
Si ya lo sabía yo xD Es el que más encaja dentro de lo que tu consideras un “buen hombre”
PD: ¿De que pasara qué?